lunes, 17 de noviembre de 2014

LA COMUNICACIÓN EN LOS ACCIDENTES AÉREOS III: ENTENDER EL SENTIDO DE URGENCIA


Después de la colisión, el DC-10 de Western se vio envuelto en llamas y la explosión de uno de sus tanques de almacenamiento terminó de fragmentarlo. Hubo piezas, entre ellas las turbinas y parte del fuselaje, que en estallido quedaron desintegradas. Los restos de la aeronave quedaron esparcidos en un área de un kilómetro. La cabina y una de las turbinas quedaron sepultadas entre los escombros del edificio de las bodegas de mantenimiento de Eastern Airlines. Ahí estaban también los cuerpos de los pilotos y de una aeromoza” (Excélsior, Nov 1 de 1979. Pág. 10).
Así describía el diario Excélsior el panorama después del choque. Esa misma escena literalmente la vivieron los sobrevivientes, algunos con severas lesiones y los menos prácticamente ilesos en la parte física más no así en la psicológica.
Dr. Pedro José Ruíz en la actualidad
Uno de ellos era un joven estudiante de medicina, Pedro José Ruiz, originario de Costa Rica, quien luego de 35 años vuelve a relatar la experiencia y las enseñanzas que la vivencia de la tragedia le dejó para la vida. En aquél entonces Pedro había narrado a los medios: “A mi paso vi cuando menos a tres personas pidiendo auxilio, yo, la verdad, como en un sueño, sólo pensaba en salir y cuando salí de los escombros eché a correr como loco, no sabía hacia dónde pero quería alejarme de ahí.”
Hoy, de 60 años de edad, recuerda esa vivencia: “Recién había terminado mi Servicio Social en el ISSSTE en Isla de Cedros, Baja California Norte y fui a Los Ángeles para realizar unos trámites y a visitar a mi mamá quien vivía allá. De regreso, dado que como todo estudiante, mis recursos económicos eran limitados, el vuelo “tecolote” de Western era la mejor opción para llegar a Costa Rica, con escala en México”.
Pedro ya era casado y su esposa se había adelantado a Costa Rica para dar a luz a su primera hija a quien llamó Vielka, quien nación el siguiente mes. Ya había prestado un año de servicio social en México y tenía que regresar a su país para realizar otro año a fin de poder incorporarse al Colegio de Médicos y Cirujanos de Costa Rica. “El vuelo tenía una demora y por la hora y por el cansancio, todos nos dormimos durante el trayecto que me parece fue tranquilo. Lo feo empezó al aterrizar en la ciudad de México”, platica.
En efecto, la demora se originó por un cambio de equipo (de avión), de manera que la aeronave que se estrelló no era la originalmente designada para el vuelo 2605. Finalmente los pasajeros que aguardaban en la sala 58 del aeropuerto de Los Ángeles, pudieron abordar a las 12:30 horas (2:30 de la mañana, tiempo de México).
DESPERTAR PARA VIVIR LA PESADILLA
Cuando durante el vuelo o a punto de aterrizar se presenta una emergencia, el comandante alerta a toda la tripulación e informa: el tipo de emergencia, tiempo disponible, lugar y expectativa de aterrizaje,  y da instrucciones especiales. El vuelo 2605 había sido normal y sin incidentes, por lo que no se había hecho ningún procedimiento especial. Tripulación y pasajeros esperaban un aterrizaje “normal”.
Pedro comenta: “Cuando anunciaron que iniciábamos el descenso, todos nos preparamos y estábamos listos y deseosos de tocar tierra. Creo que yo iba en el asiente 32 B, sobre el fuselaje. De repente escuché un golpe que originó que todos los compartimientos superiores se abrieran y las cosas empezaran a caer. Era una señal de que  algo no estaba bien. De inmediato vi que algunas personas que seguramente no traían el cinturón de seguridad abrochado empezaron a salir de sus asientos, y en particular recuerdo que una chiquita que venía sentada más atrás salió disparada y se fue a estrellar en contra de una pared que estaba enfrente de donde yo iba sentado.
Como si fuera partícipe de una película en 4DX, Pedro, aún sujetado al asiento del avión contempló el atroz panorama de lo que quedaba del avión y de la situación de los demás pasajeros: “En el impacto final, el avión se partió totalmente y quedé sentado como a la intemperie; de hecho mi asiento se desprendió y prácticamente quedé a media pista. Del avión no quedó nada excepto la sección en la que yo estaba. Mi primer impulso fue alejarme de ahí pero seguramente por la fuerza del impacto se había trabado el cinturón de seguridad.”
Sin pensar en nada más que liberarse el asiento y alejarse del lugar, Pedro luchó desesperadamente para quitarse el cinturón de seguridad, hasta que, seguramente por la adrenalina del momento, logró zafarse: “Cuando me liberé, inmediatamente empecé a caminar por la pista, pero entonces me detuve al pensar que algo grave había pasado y me devolví a lo que quedaba del avión; yo estaba golpeado y tenía una herida en la mano izquierda, pero como estudiante de medicina me entró la conciencia de tratar de ayudar”, evoca.
No obstante sus intenciones, en el trayecto fue detenido por unos rescatistas y llevado a la sala del aeropuerto habilitada para atender a los sobrevivientes para de ahí trasladarlos al hospital; ya en la sala finalmente pensó en la preocupación que tendrían su mamá y su esposa. Así lo recuerda ahora: “En la primera oportunidad que tuve llamé por teléfono a mi mamá para avisarle que estaba bien. Ella lo tomó con calma, se alegró de que todo estaba bien y que me dijo que ella llamaría a Costa Rica para avisar. Como que no tenía clara idea de la situación”.
Y A VOLAR NUEVAMENTE
En el hospital lo revisaron y le dijeron que no había más lesiones. A las pocas horas llegó su mamá quien, junto con otros familiares de los pasajeros del fatídico vuelo, había sido trasladada por cuenta de la aerolínea. Tras alegrarse de verlo a salvo, la señora le informó que a la brevedad lo llevaría a Los Ángeles para que le hicieran estudios más a fondo: “Cuando me dijo mi mamá que me llevaba a Los Ángeles, me dio miedo el tener que volverme a subir otra vez a un avión, pero el mejor apoyo lo tuve por parte de ella misma quien me ayudó mucho para vencer el miedo, ella me tranquilizaba en todo momento.”
Ya en Los Ángeles, fue revisado y luego de una semana,
con la certeza de que no había daños internos, regresó a su país para agilizar los trámites de su internado. Pero los efectos psicológicos del accidente requirieron de tiempo para ser superados: “Estuve en terapia como 7 meses y aunque funcionó bien, no puedo decir que quedé completamente sano de esa herida por todo lo que viví; es muy duro recordarme caminando por la pista y ver cadáveres, partes humanas y cuerpos calcinados. Al principio tenía mucha ansiedad, mucho temor a volver a subirme a un avión y a hacerle falta a mis seres queridos, por ejemplo a mi hija.”
El impacto le hizo cambiar su forma de ser: “Yo era muy impulsivo, pero luego del accidente pensaba en todos los que fallecieron y en que por alguna razón yo sobreviví y que el estar vivo después de tan terrible situación sería por algo. Ello me llevó a moderar mi carácter y con la madurez de los años  aprendí a ser más pausado y reflexivo.”
Un accidente de esas dimensiones deja una herida muy honda y luego de sentarse a dialogar con Dios y reflexionar mucho en lo que pasó comprendió el valor de la vida y de ayudar a quien lo necesita: “Ese accidente me enseñó a valorar la vida y a responder en forma inmediata a las necesidades de los demás, lo cual aplico en mi carrera como médico. Desde entonces, cada vez que encuentro a alguien con una necesidad de ser atendido con urgencia, yo mismo busco y hago lo necesario para que ese paciente sea atendido de inmediato”, expresa con firmeza.
Estar frente a la zozobra de otros y ver que muchos, en estas circunstancias, no tienen la empatía de otros para recibir ayuda dejó muy sensible a Pedro: “El accidente me enseñó mucho a valorar lo que es la vida y siempre tengo presente ese momento en que Dios me concedió la oportunidad de seguir en esta vida; desde entonces siempre trato de ayudar a quien lo necesita”, finaliza su narración.
No todos los pasajeros del vuelo 2605 de Western Airlines tuvieron la misma suerte. La mayoría falleció y entre los 16 sobrevivientes hubo algunos que, lamentablemente, perdieron alguna parte del cuerpo. No obstante, lo más probable es que unos y otros encontraran un sentido trascendente a la vida, como asevera el Dr. Viktor Frankl: “El ser humano llega a ser creativo cuando logra extraerle sentido a una vida que parecía absurda. La vida es potencialmente significativa hasta el último momento, hasta el último aliento.

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